lunes, 18 de febrero de 2008

Porque son buenos muchachos...

Han pasado casi dos semanas desde que realicé aquella tan voceada reunión onomástica en el seno de mi hogar. La razón por la cual no escribí sobre ello antes de este momento es muy simple: tenía que pasar unos días para que pueda digerir (además del excesivo alcohol, cigarrillos y tortas) las lecciones, enseñanzas y recuerdos que me dejaron, una vez más, mis más grandes amigos; aquellos que utilizaron sus pocos o abundantes recursos para ir hasta mi casa (a la cual no es nada fácil llegar) a pesar de las distancias, sea por la razón que sea, llámese el hecho de tomar, de fumar, de bailar, de reír, de comer los tequeños de mi vieja o simplemente el hecho de esperar algo de buena compañía. Cualquiera haya sido el motivo por el cual mis inseparables e indescriptibles compañeros hayan asistido, estoy seguro, se cumplió totalmente; hasta los que se quedaron dormidos en el sofá la pasaron más que bien.

Durante estas dos semanas anduve meditando sobre el valor de la amistad. Es algo que muy pocos, salvo en momentos de borrachera, solemos mencionar como tema de conversación, ya que en el ambiente criollo esto puede sonar algo cursi o hasta homosexual; pero la gran verdad es que la amistad es algo que de a pocos se ha hecho una poderosa columna en el extendido templo de mi vida afectiva. Recuerdo que en mis épocas escolares tener amigos o no era algo que solucionaba muy fácilmente; dedicándome a cosas muy personales, como vicios, estudios o literatura. Sin embargo conforme fueron pasando los años y viviendo experiencias de todo tipo, empecé a darme cuenta de que un amigo es algo que jamás puedes dejar de lado, por la simple razón de que un amigo jamás te dejaría de lado. Se forma entonces una cadena irrompible, de lazos fuertes e imperecederos. Una relación de amigos va más allá de cualquier relación amorosa altamente biodegradable, de esas que se pueden acabar de manera tan fácil como empezaron. Entonces ellos están ahí, dispuestos a darte la mano, hacerte una broma que te haga olvidar el mal rato que pasaste; ofreciéndote un par de chelas, un vino barato, un trío de puchos, un pisquito, o lo que sea para hacerte sentir mejor.

El sábado pasado llegó la gran mayoría de personas que aprecio (perdonen la lisurita) como mierda, y entre tragos y cagues de risa la pasamos tan chévere que el tiempo se fue volando arribando en un abrir y cerrar de ojos el día siguiente con su solcito playero incluido. Hacía mucho que no los veía a todos juntos, un año para ser exactos, desde que había cumplido 24.

Eran casi las 10 de la noche y aún no me había bañado (¿tenía que hacerlo?). Tocaron la puerta. Eran los primeros invitados, el flaco Joel (alias Gustavo Vasallo), su agradable enamorada, el gran Pecoso y Andrea, la que tiene el honor de soportarlo a diario. Salí de la ducha y me vestí en tiempo record, los recibí, conversamos, rompimos el nerviosismo con unas bromas y externamente todo andaba bien; mi hermana como siempre me ayudó bastante con ese tema. Internamente iba pensando en lo bien que me sentía al ver a dos de mis grandes amigos, mis compinches de antaño, ahora, bien acompañados por dos adorables y engreidoras muchachas; atrás quedaron los tiempos de miseria amorosa, los tiempos en los que las lágrimas empapaban mejillas enamoradas bien acompañadas con el sudor de persecuciones injustas. La esperanza tiene sus frutos. Carajo, se lo merecen. Nos lo merecemos.
En unos minutos más llegaron dos grandes chistosos, criollos del ayer plasmados hoy; dos patazas de la universidad: el tío y Repu… nombres verdaderos: Gabriel y Ernesto, respectivamente. La siempre cara feliz del tío no me dejó otra que alegrarme por su visita. Hacía tiempo que no lo veía, mucho tiempo pasó después de aquellas noches seguidas repletas de karaokes, de buena sangría hawaiana, de risas y de jugar al artista. Su presencia rejuveneció la noche aunque suene irónico, debido a que por algo le decimos tío (no te preocupes, no revelaré tu edad). Lo de Repu es una historia a la cual le pusimos “pause”. Sabía que regresaría en algún momento, sabía que sus ansias de excesivo consumo de alcohol y sus ganas de ponerme chapas (a mí no me engañas, las planeas so-pendejo) lo llevarían de regreso al lugar que tantas veces ensució con sus vómitos, y donde mi abuela tantas veces lo sermoneó sobre su futuro. Sin embargo, a pesar de todo lo mencionado y lo no mencionado, Repu es de esos patas que siempre tendrán un lugar al qué regresar. Al menos en mi casa siempre será bienvenido, por mucho que el water me ha rogado que no lo vuelva a llamar después de ese Cienciano 1 – River 0. Definitivamente uno de los pocos tipos que realmente tienen la palabra “amigo” grabada en su amplia frente estilo Vegeta.

Eran casi las 11 y el flaco Perrin hizo su estelar aparición acompañado por su misterioso séquito de divorciados muchachotes: Joel y Mani. Del flaco ya he hablado mucho, lo he incluido en más de 2 post, lo que quiere decir que es parte de mi contexto de vida, parte de una irrompible relación a prueba de balas. Joel es un inquieto muchacho, tan inquieto como impredecible. Nuestra amistad está cimentada en conversaciones largas y filosóficas sobre nuestro camino a la autorrealización; conoce Alemania y lo envidio por eso, y él envidia mi supuesta e imaginaria suerte con las mujeres, por lo que se ha convertido en uno de los 3 personajes que me ha pedido consejo sobre ese engorroso tema (mi primito y mi ahijado son los otros dos). Se nota a leguas el enorme corazón que posee, contrastando con su pequeño cuerpo; un buen amigo con el que de seguro pasaré más de una buena experiencia, aunque no tan buena como verlo bailando con la movediza Gaby en la sala de mi casa.

Mani es quizás el otro pilar de mi vida universitaria. Su apodo obedece a una serie de factores inertes que nos mostró sobre todo al principio de la carrera. Hoy se ríe, jode, llora y hace buenas bromas, pero como todo buen apodo, “Maniquí” siempre será… lo mismo que sucedería en el hipotético y fantasioso caso de que yo baje 30 kilos. ¿Me dejarían de llamar “gordo”?, pero claro que NO. La fotografía del principio, la cual le da algo de vida a este post, denota la inmensa dicha de posar junto a estos dos grandes compañeros que la vida me ha regalado. De ellos dos, Mani siempre pone el silencio justo, haciendo el equilibrio ante mis arrebatos algo usuales y ante las rabietas que a veces le nacen a Perrin. Verlo en mi casa por segunda vez (en lo que a cumpleaños se refiere) fue un verdadero honor que espero pueda seguir repitiéndose.
Otro que llegó, y por algún motivo no esperaba, es Claudio. Sus alias son muy variados pero todos tienen que ver con el color que Dios le adhirió a su piel, el cual es, digamos, un poco más opaco que el de la mayoría de limeños. Acaba de tener un niño hace unos meses, quizás sea por eso que no lo esperaba; la responsabilidad de criar a Israelito no le corresponde sólo a Mariella (su maravillosa y futura esposa). Sin embargo el negro llegó, con una sandalias por demás playeras y con una estámina realmente demacrada, producto del excesivo trabajo al que está siendo sometido. Por ello su esfuerzo es realmente valorado, al menos por este servidor, quien tendrá siempre un lugar para él en su amplio sofá. Gracias Claudy, y avísame para la próxima pichanga aunque sólo sirva para que te mates de risa mostrando una de tus pocas partes blancas: tus dientes.

No sé qué hora era cuando llegó el chato. Sí, hay uno en cada mancha, como mínimo. Aunque ninguno tan especial como el nuestro. Andrés Escalante, el metódico y retaco hombrecito cuya casa se ha ganado con honores el cartel de “el point”, llegó entre las risas y vítores de quienes lo veíamos después de cierto tiempo. De inmediato le preguntamos por su nueva y engañosa silueta estilo Rey Mysterio, él sólo contesta riéndose como cuy y echando nuevas jodas al aire. Se nota que lo queremos porque siempre le agarramos las tetillas hasta exprimírselas y sus nuevos apodos son tantos que me faltaría espacio para escribirlos. Me quedo con Pilaf (JAJAJA); espero verte pronto chatán.

Me fui junto a Joel (el flaco del principio) y Pecoso a comprar algo de cerveza y al regresar no me había dado cuenta de la presencia de Pablo; mi actual compañero artístico; el hombre de los mil rulos. Toca la guitarra como si literalmente fuera a morirse mañana y canta como Diego Torres quisiera hacerlo. Tenemos almas de artistas que se juntan cada viernes a afinar canciones de manera natural; probando cada vez más cepas de vino. Había llegado y no pude advertir su presencia hasta que me pasó la voz desde su asiento. Lo saludé efusivamente, como los Pornostar sabemos hacerlo. Poco rato pasó para que llegara Marvin y así volvimos a juntarnos los tres después de varios meses. El “feo” está siguiendo un curso de titulación que le costó 800 dólares, es decir, lo que gana por hora en su chamba (JA!!!); por ello su visita tuvo un toque especial que denotó sacrificio y amistad. Esas cosas no se olvidan. Un tipo con el cual se puede hablar de lo que sea sin necesidad de dar explicaciones; claro, hincha de Blades como un servidor, y eso ya dice mucho de él. Junto a esas mencionadas y extrañas criaturas pasé gran parte de mi tiempo matándome de la risa y contando experiencias vergonzosas; llámese “Merlina y Yesabella”, “El ángel y el diablo”, “La verdadera edad de Carlos”, etc. Siempre con el único afán de reírnos de una vida que cada vez se nos pone más jodida. Gracias Pornostar. Que la música nos una aunque la chamba nos separe. (En la foto, extrañas criaturas)


¿Pedro bailando perreo?, sí, hasta abajo y en sanguchito. El apogeo de la fiesta llegó gracias a él, durante los 40 minutos más gloriosos de su vida. El hombre de jengibre no dudó en ejecutar sus más elaborados movimientos dancísticos deleitando al respetable y haciendo creer a los que no lo conocían que se trataba del muchacho más chonguero de Lima. Obviamente el alcohol hizo su parte y él hizo la suya. Verlo tan bailarin me llevó a pensar en las miles de reuniones a las cuales asistió sin hacer otra cosa que esconderse bajo su gorro Nike mientras permanecía sentado en una silla. Pero esta vez no fue así y por eso se la debo. Fue una grata revelación que contribuyó de manera extraordinaria en la realización de mi evento. Pedrito, gracias, y ya sabes, lejos de la PC también eres lo máximo.

Lilo, Gaby y Rocío cumplieron una función por demás complicada: la de hacer que todos estos borrachos bailen como si fuera una fiesta de fin de año y no sólo se dediquen a incrementar el volumen de sus barrigas sentadotes con la chela en la mano. Mención honrosa para ellas, hicieron un buen trabajo. Sin ustedes la reunión no hubiese tenido tantos ratos hilarantes. Mención honrosa para mi vieja y sus tequeños. Para Connie y sus denodados esfuerzos para devolverle la alegría a nuestro hogar. Para mi abuela y su enorme capacidad de aguante en los oídos. Para Homero y su típico “muchachos”. Para charapovo (alias Shipivo enamorado) por sus bailes homosexuales y a su entrañable enamorada (la "bye") por haberse portado tan bien. Para la comadre Yuly, quien musicalizó parte de la noche con sus cálidas y estruendosas risas. Para mi ahijado favorito, Danny, por hacer lo que tal vez yo hubiera hecho en su situación: Darle curso a mi Play Station y no salir para nada a la reu. Para Gonzalo y Alejandro, amigos de mi ex – área con quienes tomé una caja previa a mi reunión. Para el mono, que me arrebató a Gonzalo y a Alejandro con su tono en Producto Peruano (je, mentira simio… nos debemos un salud). Para los que no fueron, porque no sentimos su ausencia pero siempre es bueno recibir “sorrys”. Y así, una lista interminable de personas que contribuyeron con su granito de arena para consolidar toda esta resbalosa duna de gratos momentos que dejó mi cumpleaños número XXV.


Gracias a todos ustedes. Gracias por asistir. Y gracias por ser como son, porque sólo así me podrían caer tan bien. Un abrazo mío creo que alcanza para todos. Y para no hacerla tan cursi: Nos vemos en la próxima chupeta.



Hasta entonces.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Cartas cobardes nunca enviadas (Parte II)


A Pilar Ch.

“Hola Pily:

Es curioso que te escriba ahora, después de tantos años, cuando en esos tiempos te podía ver tan seguido; íbamos a paseos, a la catequesis, a jironear por el centro de la ciudad, como los dos buenos compañeros que fuimos. Es curioso que haya dejado escapar tantas oportunidades para contactarte cuando me moría de ganas de hacerlo, al margen de lo que haya o no pasado entre nosotros en aquellos tiempos. Por último, me parece curioso que después de haber adquirido tanta experiencia me siga poniendo nervioso mientras escribo estas letras y pienso en la posibilidad de que puedas leerlas e imaginar cualquier cosa extraña sobre mí. Quizá no te equivoques, nunca estuve dentro de un parámetro, por lo tanto socialmente no soy normal, es decir, soy anormal para muchos y no los puedo culpar por esa denominación tan a priori, pero cierta en varios aspectos. No te culparía si pensaras eso de mí, justo ahora que creo tener la gran chance de alcanzarte, como si se tratase de intentar alcanzar la estrella más lejana – y con eso me refiero también a la lejanía entre nuestros hogares.

Quizá te hayas enterado de algunas cosas por medio de otros, pero ya es tiempo de que sepas por mí mismo la verdad de las cosas. Y la verdad de las cosas es muy simple: era un niño enamorado de tus ojos y de tu sencillez. Un niño que te miraba pasar con cara de borrego degollado, un niño que jugaba al seductor por un lado, pero que, por el otro, es decir, contigo, arrugaba como un bebé llorón que necesitaba la protección de un adulto. Ni siquiera intenté conquistarte, sólo esperaba la oportunidad más apropiada para encontrar una insinuación tuya, y tus ojos me engañaron tantas veces. No sabes. Y caía de cara contra el piso cada vez que me daba cuenta de que sólo me veías como un infantil amiguito, o peor aún, como casi uno de tus catequizandos. Increíblemente no me llevabas mucha edad, sólo un año. ¿Qué es un año?, ahora nada, en ese entonces diferenciaba a una mujer de un niño con mucha facilidad ante los ojos de todos. Pero ni las diferencias sociales, ni cualquier trago amargo que haya tomado en mi vida pueden sacar de mi cabeza los recuerdos gratos que tengo de ti. Seguro estarás preguntándote “¿cuáles?”, probablemente muy poco me recuerdas y tampoco es para morirse, está dentro de mi presupuesto, por decirlo de alguna forma.

Cada domingo en la iglesia era, para mí, más que un encuentro con Dios, un encuentro con mis más puros sentimientos hacia ti; a pesar de que me relacionaban tanto con la linda G., mis sentidos estaban totalmente direccionados hacia tu llegar, tu quehacer, tu retirada. Pensaba siempre en acompañarte a tomar el bus o la combie que te llevara hasta tu casa en Los Olivos, pero nunca lo hacía sino en grupo y viéndote conversar con cualquiera de nosotros menos conmigo. Mis mañanas dominicales acababan bien cuando mi padre ofrecía llevarte a tu hogar ante la insistencia de mi hermana, quien veía a la Panamericana Norte como un eterno y serpenteante camino de paseos, y tú, tan bella y encantadora, soltabas tus más lindas sonrisas reconociendo y retribuyendo el esfuerzo que significaba para él recorrer tantos kilómetros, gastando el combustible que fácilmente podría hacerle falta durante la semana entrante. Eso lo sabías y con tu sonrisa le agradecías y a él le bastaba, a mí me enamorabas. Luego, cuando me enteré gracias a J.L. de que existía algo llamado “Legión de María”, que se llevaba a cabo los sábados a las 5 p.m. y que además contaba con tu presencia, no dudé ni un segundo en apuntarme y alistarme como el más asiduo legionario sólo por tener la oportunidad de verte unos minutos más que lo usual. Y así era, casi siempre te veía los sábados en la legión, a veces no ibas y me quedaba con las ganas de verte, me iba a vagabundear por jirón, entraba a cualquier lugarete, compraba algún cachivache, me imaginaba regalándote algo y luego regresaba a casa creando mil y un historias huachafas sobre nuestro hipotético e inexistente romance. Los paseos y retiros eran oportunidades perfectas para poder acercarme tanto como quería, o mejor dicho, como podía, a ti. Y es por eso que no lo pensaba dos veces cuando R. nos proponía clubes chosicanos y chaclaqueños, con la vieja y maravillosa excusa de “fortalecer los lazos” de nuestro variopinto equipo y a ritmo de salsa romántica (era fanático, de eso seguro sí te acuerdas) fuimos en repetidas ocasiones hacia dichos paradisíacos antros alejados de la ciudad, donde jugábamos a la pelota, nos bañábamos en la piscina y nos ensuciábamos con el polvo que salía de los pastizales mal cuidados. Todo tan perfecto que hasta parecía un cuento. Pero yo, encerrado en mis ideas tontas y fantasiosas, perdí tantas oportunidades que ni contarlas puedo, en especial aquella oportunidad de la cual me arrepiento a horrores. La verdad es que hasta he soñado con retroceder el tiempo y regresar justo a ese momento. Si no lo recuerdas, te lo narro::

Fue una excursión a un club cuyo nombre no recuerdo, eran casi las 6 de la tarde y el cielo había tomado una coloración rojiza tan bella que ni podía creer que se tratase de Lima. Nos ubicamos en una banca larga, frente al río, tú, mi hermana, J.L. y dos personas más de las que no recuerdo ni siquiera sus rostros. Yo escuchaba canciones roladas por emisoras radiales utilizando mi Walkman, recuerdo que pasaba por las emisoras latinas, Panamericana, luego entraba a Radiomar y me quedé escuchando una canción de Willie Gonzáles que musicalizaba perfectamente tus gestos y movimientos mientras conversabas con el resto de chicos. De pronto viro mi rostro hacia el barranco, y el río se veía tan libre que llamó mi atención por completo. No sé cuánto tiempo estuve viendo el río, sólo recuerdo que al regresar mi vista hacia la banca estabas sentada tú, solamente tú y nadie más. Mi corazón se me subió a la garganta y comenzó a latir tan rápido como aquel caudaloso río y cuando escuché tu “Rubén, siéntate, ven”, prácticamente sentía venir una taquicardia. Tardé más de lo debido en sentarme a tu lado, y tú te me pegaste un poco, me quitaste el audífono derecho y comenzaste a escuchar la misma música que yo escuchaba. Mi sudor ya se traducía en gruesas gotas que eran absorbidas por el polvo acomodado en mi rostro después de un día de diversión y mucha suciedad. Por instinto, y nerviosismo extremo, cambié la emisora y llegué a una estación cumbiambera. Aguamarina sonaba al son de su “tu amor fue una mentira”. Eran los mejores tiempos de la cumbia norteña y los limeños comenzábamos a asimilarla como parte de nuestro contexto cotidiano. Rápidamente soltaste un comentario que aligeró un poco el tenso ambiente, al menos por mi lado: “no me gustaba esa canción, pero ahora sí me gusta, adivina por culpa de quién”, no te miré mientras mencionaste esa frase, pero estabas tan cerca que sentí el cálido viento que provenía de tu boca, oyendo esa voz que denotaba risa y gracia. Recordé que mi hermana se había vuelto una gran seguidora de la cumbia y su nombre fue lo primero que se me ocurrió, y lo solté: “¿Rocío?” – te empezaste a reír como si hubiese hecho una buena broma y yo te seguí casi de forma subconsciente mientras decías que había acertado. De pronto nos quedamos callados, muy juntos, a menos de 10 centímetros de distancia. Comencé a temblar al darme cuenta de que EN VERDAD estábamos absolutamente solos, de que ni siquiera el ruido de los autos se podía escuchar en esos segundos tan mágicos. De pronto recostaste tu cabeza en mi hombro derecho, y yo estaba al borde de la locura. Aguamarina seguía sonando.

Todos los discursos tristemente ensayados se fueron al diablo, en ese momento nada pude hacer, el cassette se me borró, no había preparación que valga, simplemente la timidez me devoró como a un bocado. Los minutos pasaban y la presión se hacía cada vez más pesada, tenía que hacer algo y tenía que ser rápido. No calculé el tiempo que estuvimos en silencio mientras tu hermoso rostro llenaba mi hombro de divinidad, pero sé que fue mucho más de lo que cualquier muchacho promedio hubiese requerido para declararse a cualquier chica que le gustara. Cuando J.L. llegó con unos helados supe que la había cagado. Y de qué forma. Todos volvieron a la banca y, metros atrás, arribaba el segundo grupo que estábamos esperando desde hacía buen rato. Lentamente sacaste tu cabeza de mi hombro, y volviste a sonreír para ellos mientras ibas abriendo la envoltura de tu helado. Telúricamente atónito, sólo pude ver tu indiferencia hacia mí, como si nada hubiera pasado, como si no hubieses imaginado nada de lo que pasó por mi mente – obvio, era mi mente, no la tuya. Completos todos, procedimos a salir del club y yo, en silencio, le iba diciendo adiós a la posibilidad de, si quiera, expresarte lo que sentía.

Los siguientes días fueron de mucha confusión. Ya todos sabían que me gustabas y no faltaban chismes, bromas y burlas al respecto, aunque en realidad yo no me sentía tan mal por eso, sino porque sabiendo que me gustabas comenzaste a ejercer un pequeño y sutil alejamiento de mi lado. No quedaste como sobrada ni vanidosa, mucho menos como la típica mujer egocéntrica a la cual le encanta ser afanada. Eso es meritorio en ti.

Semanas después invito a Y. a la catequesis. Lo consideraba, en ese entonces, como mi mejor amigo, y pensé que alivianaría mi malestar con su compañía incondicional. Lamentablemente no fue así y en menos de un mes, después de un retiro espiritual al cual no pude ir por problemas de salud, las campanas eclesiásticas representadas en veloces murmuraciones, anunciaron su emparejamiento. Me sentí traicionado, pero no precisamente por la “competencia” perdida, sino por la forma sombría como se dieron las cosas, situaciones que no me corresponde detallarte, y menos por este medio. Salí abruptamente de la catequesis y arrastré a mi hermana en un lío totalmente mío; ya no podía seguir estando con ustedes, mi imagen andaba por los suelos, mi autoestima también. Fue un golpe fuerte, que hoy me convence totalmente de que los sentimientos no se miden por la edad, sino por la intensidad. Y lo que sentí por ti fue tan intenso que hasta hoy siento algunos rezagos. Tiempo después, Y. y yo nos volvimos a ver, cuando surgió la idea (no mía) de salir en grupo junto con M. y G., mi hermana también se apuntó, y J.L. fue otro de los presentes (faltabas tú, creo que trataron de ubicarte, aunque en el fondo no quería que estés… no sé cómo hubiese reaccionado). Para ese momento creo, sólo creo, que tu relación con Y. había culminado, él y yo no hablamos nada al respecto, yo ya no tenía resentimientos, aunque tampoco le devolví mi confianza, la pasamos bien pero finiquitamos con un “hasta pronto” que ni un inocente bebé se hubiese creído. Hasta el día de hoy no he vuelto a saber nada de él.

Al año siguiente reintenté, ya algo más cuajado, una relación con G. pero los resultados no fueron nada auspiciosos, aunque de verdad siento que si le hubiésemos puesto el esfuerzo necesario las cosas hubieran marchado de maravillas, pero no fue así y lamentarse no sirve en estos tiempos tan poco misericordiosos. Rehice mi vida y mi autoestima en la academia, luego en la universidad; créeme, me ha ido bien y eso no quiere decir que todo haya salido como quise. Pero me fue bien, no sé si me entiendas, tengo fe de que sí. Ahora soy más fuerte, aunque mis inmadureces me siguen costando caro, no lo niego, pero es parte del aprender. Me hubiese gustado aprender contigo, junto a ti. No sé si ya esté delirando, pero tengo la clara certeza de que hubiese madurado contigo y que nos estaría yendo bien si hubiésemos iniciado algo los dos, algo más que una amistad. ¿Qué faltó?, ¿gustarte?, es lo principal. No te gustaba o tal vez sí, ahora que he vivido tantas cosas últimamente y tenido tantas sorpresas nada me agarraría desprevenido, aunque la verdad si me entero de que te gustaba me volveré aún más loco de lo que estoy. Faltó, quizás, más atrevimiento de mi parte. Si supieras que eso es lo que me ha sobrado en los últimos años. Hay tantas cosas que contar, tanto que conversar.

Tengo la dirección de tu casa en los Olivos en un papel arrugado que encontré en una de esas casacas que usaba, esas que ya no me quedan. Espero que sigas viviendo ahí, de lo contrario esta carta no podrá llegar a tus manos (aunque sinceramente no creo que te la envíe).

Espero que estés bien, muchos saludos a tu familia. Y aprovecho para decirte algo que hoy digo con relativa facilidad a muchas personas, pero que, estúpidamente, nunca te dije a ti:

Te quiero, Pily.



Un abrazo, Rubén.




Lima, 13 de Julio del 2003”.

lunes, 28 de enero de 2008

Entre Marte y Venus (Parte IV)


El craso error de la idealización prematura.

Después de haber tenido tantos años jugando al seductor y al seducido, he llegado a otra certera conclusión: el peor error que los hombres o mujeres pueden cometer es idealizar a alguien antes de, si quiera, conocerse. Es un error tan común como garrafal tan sólo ver a una persona, experimentar un gusto, una sensación de agrado, y de pronto crear ideas disparatadas sobre su manera de ser, recrear un perfil de alguien que nada hizo más que esbozar una sonrisa, dirigir una mirada o pronunciar una palabra. Entonces nos hallamos en un mar de fantasías, en las cuales aquella inocente persona toma un rol protagonista en nuestras novelas mentales; en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos en mundos utópicos, haciendo las cosas más románticas y divertidas que una pareja pueda hacer, y sintiendo que podemos estar frente a la persona con la que toda la vida hemos soñado. Cuando de repente cometemos el error de conocer a tan idealizada personalidad, y nos damos contra la pared mandando todo lo imaginado por el water mientras la decepción cumple a toda cabalidad la terrible función que los dioses le han encomendado: la de destrozarnos por dentro. Seguidamente tomamos represalias contra ese ‘alguien’ que nos decepcionó, nos resentimos con ella o con él, auto arengándonos “¡bah!, mejores puedo conseguir”, y dejando de tomarle la atención que nunca (supuestamente) mereció. ¿Qué culpa tiene esa persona de nuestro desacierto mental?, pues ninguna, la responsabilidad de idealizar a un recién conocido es totalmente nuestra, de nadie más. Por lo que la reacción se vuelve injusta, e improcedente.

Este tipo de creación mental me ha afectado desde siempre y debo admitir que en la gran mayoría de los casos (salvo una sagrada excepción) terminé con la nariz ñata de tantos golpes que me di contra la pared. Como cuando conocí a una muchacha en la escuela. Apenas le había hablado un par de veces, pero me parecía tan bella, tan única, que simplemente le creaba poemas sin saber que la realidad era totalmente distinta a mi estúpida ficción. Aquella pulcra e impecable idealización acabó siendo la peor decepción de ese año: no sólo era una jugadora sin remedio, sino también dedicaba sus tiempos libres a la droga y a seducir profesores para apuntarse un 20 a costa de ‘¿quién sabe qué?’ (Aún no asimilo la idea). Cuando la conocí y me di cuenta del gran desengaño que estaba ensayando, no pude evitar putearla en silencio, mentarle la madre en mi mente mientras la miraba con odio, y luego decidí quitarle por completo mi foco de vista, no volví a dirigirle las pocas palabras que le dirigía, ni tampoco a escribirle poemas, simplemente intenté “castigarla” dejando de pensar en ella y dedicándome exclusivamente a otras cosas. Lógicamente ella nunca se dio cuenta de mi castigo, y tampoco tuvo porqué recibir esos insultos de mi parte. Ella era así desde que la vi, desde que la idealicé erróneamente, y por ende no tenía la culpa de que mi percepción fuera tan novelera. Me até la soga al cuello y me deshice de la silla en la que estaba parado, yo solito, porque nadie me metió ideas en la cabeza sino este humilde servidor ansioso de enamorarse. Me sucedió también en la academia, tenía 18 años y tiempo libre de sobra, por lo que comencé una pávida búsqueda amorosa que terminó en la idealización de una delgaducha e interesantísima chica a la que llamaré Connie. Ella sólo se mostraba caminando por los pasillos, a paso lento y cadencioso. Vestía siempre de negro, y su cabello, negro también, se movía al compás de su magnético ritmo. No tardé, para variar, en hacerme ideas sobre su forma de ser, sobre su modo de amar, sobre lo que hacía en sus ratos libres, y un increíble etc. De pronto, uno de esos extraños días, en la cafetería, la tenía frente a mí solicitando mi permiso para tomar una silla, acepté casi instantáneamente, ella se sentó y comenzó la horripilante decepción. Su voz no era tan femenina como pensé, eso para empezar, era medio ronca y con rasgos varoniles. La forma como tomó el jugo denotaba sus inexistentes modales en la mesa. Casi todos en la cafetería se dieron cuenta, gracias a la detestable bulla que hacía con el sorbete, de que ese ruido venía de nuestra mesa, y a juzgar por mi aspecto porcino, nadie dudó en señalarme con el dedo índice. Hasta ahí la vergüenza era pasable – “ya pues, eso se puede mejorar” – pensé, insistiendo en que mis ideas no estaban tan alejadas de la realidad. Cuando pasaron unos minutos traté de hacerle el habla de la manera más básica posible – “¿cómo te llamas?” – a lo que, con la boca llena de un keke del que no me había percatado me contestó en un extraño idioma: “oumnie”.

“¿Cómo?” – Pregunté esperanzado en que, ¡por el amor de Dios!, comenzara a portarse adecuadamente y de paso acercarse a lo que mi mente había creado – “Connie, ¿y tú?”, respondió apenas había pasado abruptamente el tremendo trozo de harina horneada que tenía en la garganta… acto seguido le dije mi nombre y ella volvió a callar gracias a otro enorme trozo de keke que ingirió frente a mi estupefacto rostro, mientras notaba los braquets que tenía y el grasiento grano que su cerquillo intentaba tapar. Pasaron más minutos y aquí el detalle que muy pocos me creen por sonar a película gringa, pero que es cierto, y los pocos testigos que ahí estuvieron no me dejarán mentir: aquella chica tan ideal, tan adornada por mi cerebro, soltó un eructo sonoro y desvergonzado – “puta madre” – pensé – “lo único que me faltaba” – y luego se fue sin despedirse. Si bien es cierto no exijo los modales y el caché que no tengo, jamás he experimentado sensación de asco tan grande como la que tuve ese día, y peor aún, sabiendo que era mi imaginaria princesa, la que había creado en mis más profundas entelequias., quien se iba malcriadamente de nuestra mesa dejando una fatal y desganada flatulencia. Esa experiencia me enseño, como muchas otras, a no desglosar tanto la primera impresión que me pueda dejar una chica, por más ilusionante que pueda ser. Desde el momento en que aprendí la lección he bajado el número de errores considerablemente, y mi más grande acierto sigue a mi lado hasta hoy. De ella sólo puedo decir que traté de idealizarla lo menos posible (aunque me resulta inevitable), simplemente la conocí, me mostré tal y como soy, se mostró tal y como es, nos enamoramos, nos mandamos, y aquí estamos. ¿Qué más puedo decirles?, el amor es así de simple, como lo dije antes, es esencial y las esencias no saben de idealizaciones, aunque no dudo que esa errónea forma de conceptuar a alguien tiene siempre como aliado mayor al arte, sino que lo digan mis poemas y mis canciones.

Toda experiencia es válida cuando deja alguna enseñanza, y la idealización da experiencia garantizada.

martes, 22 de enero de 2008

Mis sueños frustrados


Todos tenemos frustraciones, cosas que hubiésemos querido hacer y no hemos podido por distintas razones o circunstancias. Hasta hace unos años pensé que mi sueño de poder ser escritor se había esfumado, pero gracias a este ciber espacio pude, nuevamente, recobrar esos aires escribanos que necesitaba para convencerme de que aún puedo cumplir ese sueño. De modo que no lo considero frustrado. Habiendo descartado esa posibilidad, narraré algunos de mis sueños más imposibles a estas alturas, con el fin de que se puedan identificar y sufrir juntos a la distancia.

Bencho, el goleador

Para nadie es un secreto que me encanta el fútbol, en especial hacer goles utilizando la técnica que Dios nunca me dio. A pesar de que en pichangas he anotado más de un gol, la verdad es que soy tan malo para el fútbol como para la cocina. Sinceramente no sirvo para eso. Me demoro media hora en parar una pelota, en rematar chueco al arco, o en girar todo mi voluminoso cuerpo para ubicarme mejor en la cancha y dar un pase, si es que lo puedo dar, y si es que lo doy acertado, porque lo más normal es que le dé el pase al rival, para luego recibir las respectivas mentadas de madre tan típicas en eventos pichangueros. Lo peor del caso es que por mi contextura física muchos cometen el error de ponerme de arquero, y ahí sí que ni la cuento. Así de apestoso soy en una cancha de fulbito, y aún así, sueño con poder algún día vestirme con una camiseta, cualquiera sea el color, con la 9 atrás y hacer delirar a la tribuna con mis jugadas inventadas, y con mi técnica depurada. El talento que muchos tienen para el fútbol yo lo envidio y es por eso que me encoleriza la actitud de quienes, ostentándolo, se la pasan de juerga en juerga sin aprovechar debidamente ese maravilloso don de jugar a la pelota con naturalidad – y por lo que además te pagan muy bien, por cierto. Ese fue, señores, mi primer sueño frustrado del post.

Bencho, el músico

Hace unos años tenía la esperanza de cumplir este mágico sueño, pero conforme iba pasando el tiempo, las cosas que tenía que hacer ocuparon todos mis espacios, y jamás pude aprovechar ese pequeño tramo que necesitaba para seguir algunas clases de piano, o guitarra – tampoco tenía la plata, valgan verdades. Por ello, salvo un majestuoso milagro, hoy doy como un sueño frustrado el tener mi propia banda en la cual yo pueda ser uno de los participantes, mediante alguno de mis instrumentos favoritos. De todos ellos me quedo con el piano. Verme frente a una multitud, tocando el piano en algún teatro o centro de convenciones, es una maravilla que sólo se hila en mi imaginación, y que será siempre una de las frustraciones más grandes de mi vida. Aquí sí encuentro culpables: mis viejos. Obviamente queda para la anécdota, aunque tengo un ligero pero existente resentimiento con ellos. Es decir, si yo veo que mi pequeño hijo de 4 años es fanático a morir de Richard Clayderman, y que finge tener un piano entre sus manos mientras lo ve por TV juntaría hasta el último centavo para comprarle aunque sea un pianito de juguete, pero no, no se les ocurrió esa magnífica idea que pudo cambiar el rumbo de nuestras vidas. Lo que me ha ayudado, y mucho, a catalizar esta enorme frustración es mi afición al canto. Por un lado, dos amigos de la universidad y yo formamos una banda arcaica pero exquisita a la cual denominamos “Pornostar” (no me pregunten más sobre el nombre); es con ellos con quienes desfogo mis penurias musicales, escribiendo canciones y cantándolas a viva voz. Y por otro lado, me he vuelto un asiduo visitante de karaokes. Conozco muchos en Lima y en todos me he ganado al menos un tímido, condicionado u obligado aplauso. En fin. Este tema da para mucho más, pero prefiero dejarlo hasta aquí antes de que me ponga a llorar.

Bencho, el ‘wrestler’

Desde muy niño soy fanático de la lucha libre. Debido a mi volumen físico siempre he tenido un extraño afán por demostrar mi fuerza comparándola con la de otros inocentes niños que no llegaban ni a los 25 kilos. Lógicamente siempre salía bien parado, tal vez sea por eso que me gustó tanto el tema. El hecho es que la lucha siempre ha sido digna de mi preferencia, haciéndome fanático de Hulk Hogan, André “el gigante”, Kevin Nash, etc., hasta llegar a lo más reciente, entre los que ubico a Stone Cold, The Rock (a quien recién ahora valoro, porque en su mejor momento lo detestaba) y al gran Triple H, quien con su personalidad rebelde y su fuerza descomunal me robó más de un aplauso (por favor, no me hablen de John Cena – aunque lo único bueno que ha hecho es hacerle el F.U. al jijuna de Kevin Federline). Mientras los veía, por TV obviamente, luchar en esos grandes escenarios estadounidenses, iba alucinando con la lejana y complicada posibilidad de que algún día pueda llegar a esa lona y demostrar mi fuerza ante todo el público. Qué sé yo, hacer un suplex, o un rompe espina dorsal, y culminar la pelea tumbando a mi víctima con una llave final que aún no he creado, pero que sería algo así como la desnucadora de DDP y que descaradamente copió Randy Orton. La pasión que despierta la lucha libre es tal que no he dudado en practicarla con algunos primitos más pequeños que yo. Sí, grítenme “abusivo”, pero ¿qué querían?, ¿que practique las llaves con mi vieja?

Algunos incautos que han visto mi desempeño en esos conatos de lucha piensan que pude haber tenido futuro en los rings, pero lamentablemente, así hubiera querido ser luchador, no hubiese podido debido al paupérrimo apoyo del gobierno al entretenimiento deportivo. De ahí que Sandokan, el luchador peruano más recordado de la historia, no tenga ni para comer y tenga que hacer pequeñas escuelitas de lucha para chiquillos chalacos. Otro sueño más al tacho.


Bencho, el “galán de telenovela”

He pensado mucho antes de delatar este sueño frustrado, sé que recibiré burlas, sé que seré objeto de mofas, y además, por estar cerca de mi onomástico, me espera una lluvia de jodas en mi propia casa. Pero es verdad. Durante un gran tramo de mi vida he deseado afanosamente ser un galán de telenovelas. No crean que eso haya sido resultado de un fanatismo extremo hacia esas lloriqueantes producciones o algo por el estilo. En realidad nunca me han gustado las telenovelas. El deseo casi incontrolable de ser galán llegó cuando comencé a tomarle un poco de atención a las propagandas televisivas que hacía un tiempo ignoraba. Mientras esperaba el programa que de verdad me interesaba, las propagandas me mostraban los avances y percances de telenovelas con cierta fama a inicios del nuevo milenio; y esos spots sólo me llevaban al deseo carnal más grande que pudiera haber imaginado – carajo cómo han mejorado los cuerpos de las actrices últimamente. Recuerdo que a inicios de los 90 la actriz más famosa y deseada era Victoria Ruffo, y ahora que la veo me parece un verdadero chancay de a 20 comparándola con las espectaculares y curvas figuras de las actuales reinas telenoveleras. Ver a pobres y prefabricados galancetes besar las bocas más carnosas y tocar los cuerpos más perfectos creó en mí una ardiente envidia acompañada de un escandaloso deseo de destrozarles las cuadradas caras y de paso hacer un casting en alguna productora de ese tipo, para que se convenzan de mis dotes actorales.

No fue hasta hace unos pocos años cuando terminé de convencerme de que la única cosa que podría hacerme un galán de telenovela es mi vieja, voladora y fiel imaginación. Lo hice cuando le tomé especial atención a la impresionante Bárbara Mori, quien declaró a un medio de prensa mexicano que se sentía a gusto con sus ‘galanes’ porque todos eran guapos – ¿y la calidad actoral?, ¿y la interpretación? – a ella no le importa, y siendo ‘Rubí’ el estandarte más alto en cuanto a actrices telenoveleras hermosas se refiere, simplemente me quedé sin esperanza alguna. Tendré que conformarme con ser galán de barrio, aunque creo que eso les sale mejor a los pandilleros de mi esquina.

En fin, hemos llegado al momento más estrepitoso del post. El siguiente sueño no realizado es, lejos, la mayor frustración de mi vida. Al igual que el anterior también he meditado mucho en compartirlo, pero todo sea por ustedes, mis pocos pero adorados lectores. No garantizo que sea algo con lo que ustedes también hayan soñado alguna vez, pero de verdad, se los digo en serio, este es mi sueño más grande:


Bencho, el trotamundos

Digo yo, ¿alguna persona en el planeta respira más aires de libertad que un trotamundos?, lo veo muy difícil. Lo cierto es que es ese mi deseo más fuerte, es decir, si me preguntan qué es lo que me haría REALMENTE feliz, respondería: vagar por el mundo y viviendo de lo que salga. Sé que suena socialmente mediocre y conformista y que hay muchas trabas por mencionar, en especial el compromiso que uno tiene con su familia; pero demás está decir que si no tuviera ese encadenamiento futurista con mis padres, futuros hijos y esposa, simplemente la decisión la hubiese tomado hace rato. Conocería miles de lugares bellos, feos, pero todos interesantes, viviría millares de experiencias, sería amado y rechazado por mucha gente, me enredaría con muchas mujeres metiéndome en situaciones engorrosas, pero siempre saliendo del apuro emprendiendo mi camino hacia el horizonte. Vivir sería simplemente hermoso. La sociedad nos ha hecho creer lo contrario, para los estándares inventados por el hombre debemos nacer y comenzar a estudiar, nutrirnos de los muchos o pocos valores que aprendemos en casa, profesionalizarnos en algún tema, y trabajar durante toda nuestra vida para poder tener un seguro para nosotros y nuestras familias, ¿no les parece una transa egoísta?, tener que cambiar la libertad de ser errante por una esclavitud camuflada en empresas bien consolidadas. Nada justo. Vivir en este sistema implica mucha paciencia y asimilar que desde que alguien nos dice que ‘tenemos’ que estudiar hemos dejado de ser nosotros mismos, hemos dejado de lado nuestra esencia viva, esa que nos hace explorar todo lo que podamos y descubrir todo lo maravilloso que, a pesar de…, el mundo tiene para nosotros. ‘Debemos’ de seguir el algoritmo esclavizante de vivir en esta sociedad por la única razón de que los seres que de ti dependen no entienden tus ideas, ellos sólo quieren subsistencia y tranquilidad, y volver a la era nómada no garantiza comodidades como las que muchos tenemos y no cambiaríamos jamás. Y de eso no me quejo. Sólo riño por las cosas que olvidamos, olvidamos que somos nosotros, y nadie más que nosotros, yo soy yo, y yo no debería de estar haciendo cosas que no quiero así me pagaran millones. Luego de esta pequeñísima reflexión, doy un pequeño giro y llego a lo mismo, me frustra no poder ser un trotamundos.

En realidad me frustran muchas cosas más, y estoy seguro que este es un tema que evitamos todos en reuniones y momentos de parla; ¿por qué?, ¿nos da vergüenza haber vivido siempre a dispensa de otros?, en el fondo sí, nos llega altamente tener que cumplir órdenes, una cosa es que nos hagamos los sumisos y nos traguemos ordenanzas fútiles, y otra que realmente seamos trapeadores humanos, o marionetas que sólo hacen lo que los amos mandan. Sinceramente me ha servido de mucho compartir este sui géneris post, nunca antes había compartido este tema ni con mis mejores amigos, sin embargo lo hago ahora, frente a ustedes, insisto, mis pocos y amados lectores. La verdad es que fue algo novedoso hacerlo, una especie de blogterapia (apunten, esa palabra la inventé yo). Hay personas que nacen para ciertas labores, si naciste para gerente agradece a Dios porque te va a caer harta plata, si naciste para músico agradece porque la gente amará tu arte, si naciste para cura agradece porque la gente creerá en ti, si naciste para presidente agradece porque tendrás una vida de rico, si naciste para bohemio la cosa se te complica.

Los sueños son para realizarlos, no para frustrarlos. Sólo nos faltan agallas, ¿y si nos atrevemos?

martes, 15 de enero de 2008

No sirvo para esto


Hay cosas que nunca entenderé, hay otras que entiendo a medias pero no recuerdo en momentos decisivos, y hay otras que comprendo a la perfección pero que nunca aceptaré; el hecho de trabajar en un banco es uno de esos hechos que no entiendo; aún no me veo aquí, es decir, no siento que Rubén el “Bencho” Ravelo sea realmente una grana más en el inmenso engranaje financiero de Interbank, me cuesta creerlo y no por razones de baja autoestima, por el contrario, me siento cada vez más fuerte como persona pero lo que sí es verdad es que hasta ahora, incluso hasta el día de hoy con prácticamente 25 años en mi haber, no he definido mi vocación.

El sólo hecho de escribir en este blog y titularlo “Letras de un escritor desesperado” ya declara directa o indirectamente la enorme confusión que encierra mi cráneo. Desde que era un niño tuve diversos gustos, diversas corrientes y tendencias que seguramente pudieron haber definido de una mejor manera mi, ahora, incierto futuro; por ejemplo: Me gustaba la actuación, siempre salía a hacer todo tipo de números en el colegio, sé que muchos estarán pensando que eso no significa nada, pero en verdad me gustaba y la gente me aplaudía, los profesores se ponían de pie, las madres reían o lloraban según el personaje que haya estado interpretando, y la verdad es que estar sobre el escenario me daba ese plus de adrenalina que me hacía sentir tan bien y que hoy tanto extraño.

Luego experimenté una enorme atracción por la música, grababa cuanta canción me pareciera interesante, desde las huachafadas de “Muñecos de Papel” hasta las elaboradas notas de himnos nacionales de diversos países; lo grababa todo, y luego lo escuchaba detenidamente, recostado sobre el frío piso de la entonces habitación vacía que sólo ocupaba mi tía Santos cuando llegaba de su trabajo los miércoles. Prendía el minicomponente y escuchaba; escuchaba, analizaba, me enamoraba, imaginaba; y finalmente, cantaba desafinado todo lo que recordaba de las letras y tarareaba en silenciosos quiebres de voz los tonos instrumentales; iba descubriendo a la música, la iba desnudando y eso desarrolló algunas virtudes que hoy por hoy me sirven para hacer buenos papeles cuando de cantar se trata. Sin embargo, con el pasar de los años, fui absorbiendo las negativas y a la vez realistas ideas sobre la vida del músico (o cantante) en el Perú; y obviamente no tardé en desanimarme. Sí, también suelo desanimarme rápido.

Luego de algún tiempo, a los 18 años, desarrollé un gusto especial por la lectura. Tuve la oportunidad de cuidar la solitaria casa de mi tío mientras él viajó a su ciudad natal, y experimenté, por primera y única vez, las bondades y maldades de vivir solo. Gracias a eso pude pasar momentos inolvidables conmigo mismo, en los que, después de maravillarme con mi Play Station, me sumergía en una serie de libros que contenían todo tipo de historias, vivencias, enseñanzas, quimeras, y sorpresas. El encierro duró poco, apenas un par de meses, pero me bastó ese pequeño lapso para asimilar el exagerado vocablo de Shakespeare, el apasionante pesimismo de Vallejo, la elegancia de Bryce Echenique, y la exquisita técnica de Dostoievsky. Poco antes de que mi tío llegara (y me botara a gritos por el desorden total en el que se encontraba su casa) empecé a escribir mi primer diario; en realidad no era un diario, porque no lo escribía todos los días; era una especie de bitácora intermitente que de vez en cuando me permitía desfogar algunas profundas emociones, hipótesis e inventos que me afloraban desde adentro, agobiándome asolapadamente. Cuando terminaba de escribir, releía detalladamente cada letra que había implantado en aquellas hojas, y me parecía entretenido ver mi vida escrita; por lo que lo seguí haciendo hasta que los quehaceres académicos comenzaron a arrebatarme mis pasiones. A pesar del poco tiempo del que disponía me atreví a escribir un libro, el cual está custodiado bajo siete llaves y que pienso publicar en algún momento de mi vida. Me sentí logrado, hecho para la escritura, finalmente sentí que mi vocación había sido encontrada. Pero nuevamente la negativa de un sistema gubernamental absurdo, terminó por cortarme las alas.

Luego de un viaje a la soledad (Canta), regresé decidido a lanzarme al abismo sin importar hacerlo con las alas rotas, pero llegó algo con lo que no contaba: mis viejos se opusieron a que estudie Literatura, o alguna carrera relacionada; me recomendaron estudiar algo que no se aleje tanto de las letras, pero que dé plata. Yo estuve de acuerdo y tenía uso de razón, por lo que no los culpo del todo, eso sería cobarde. Elegí estudiar Administración de Negocios Internacionales de una manera sorpresiva. Hacía un año cursaba Biología en la misma universidad, la de San Marcos, y mis ex – compañeros de carrera sólo atinaron a sorprenderse y a preguntarme ‘¿estás seguro?’, les respondía que sí, pero no era verdad; tenía mucho miedo, miedo a no ser ese líder que se necesitaba ser para triunfar en una carrera como esta, miedo a no complacer a mis viejos, miedo a no ‘hacerla’, miedo a terminar mi carrera y hacer taxi como tantos, etc., una lista interminable de ‘peros’ que no ponía, ni a mí ni a mis padres; simplemente postulé a la carrera, ingresé con relativa facilidad, y empecé un camino que hasta ahora no termino de andar. Durante más de 5 años (en los cuales ya he debido de terminar) he tratado de encontrarme en la carrera y no he podido; no se lo atribuyo a la carrera en sí, sino a mucha motivación faltante, a muchas cosas que no tuve, a una universidad a la cual quiero a pesar de ser tan esquiva conmigo, y que nunca me apoyó cuando pedí que lo hiciera.

Hace unos meses descubrí que me gusta analizar los problemas y las mentes de las personas; no diré que me encanta ayudar, pero no me molesta, y si por eso se me pagara pues lo haría aún con más gusto: ‘¡psicología, pues!’ – pensé mientras ponía una expresión de susto, cuánto tiempo perdí… demasiado, mucho como para comenzar a pensar en eso ahora; con la psicología pude haber hecho todo lo que quería, todo lo que me imaginaba de mí en el futuro, incluso imaginarme trabajando con una abultada barba, y escribir como loco en las noches. ‘No sé porqué no se me ocurrió antes’ – fue otra cosa que pensé. Un gran amigo subió mi moral, diciendo que para ser psicólogo, a diferencia de otras carreras, no se necesita juventud; no hay una empresa de psicólogos que te exija ser joven o vestirte al terno; y eso me animó. Pero he aquí otra confusión: “¿a los 25 años me doy cuenta de que quiero ser psicólogo?, ¿no es eso algo que se ve desde la niñez?” – carajo, ¿ya empezamos con las preguntas y las trabas? Pero son inevitables, es verdad.

La realidad dice que ya no soy ningún chiquillo, tampoco soy treintón, estoy justo en el punto medio, y es ahora nunca, la decisión se debe de tomar ahora y ya la tomé.

Pero antes de comentarla quería decir que todo esto lo escribí a raíz de una fuerte llamada de atención por parte de mis jefes; lo que ha puesto en peligro mi permanencia en el banco; y eso me hizo formular la terrible pregunta “¿sirvo para esto?”, yo creo que no. Jamás me adaptaré al caótico y desesperante sistema en el que vivimos. Por ello no sé cuánto tiempo duraré aquí. Entre dimes y diretes mañana cumpliré 2 años trabajando para Interbank. No es poco para lo que hubiese pensado, y me cuesta decir que depende de mi permanencia en esta seria organización mi suerte en los próximos años, sea como administrador, como psicólogo, como escritor, o como taxista. Terminaré Negocios en una universidad particular, algo que sólo podré hacer si es que sigo siendo un empleado bancario. Luego aspiraré a ascender un poco más, y de pronto juntar un capital para poner mi propio negocio, aún no lo defino, debe de ser algo que conozca. Luego, largarme del banco (si es que no me largan antes) y de su espantoso sistema de trabajo, para enfrascarme en la psicología; calculo que para ese momento ya estaré por encima de los 30 años. Qué chucha, la psicología no pide chibolos pateros y educaditos. Luego de convertirme en psicólogo sólo viviría de eso, de mi negocio, y escribiendo barbudamente seré feliz. Ese es mi magno plan, ¿lindo, no?, ya se pueden respirar aires de libertad y de independencia.

Sólo le pido a los dioses griegos, nórdicos y cristianos que las cosas salgan como las planeé, sino dentro de unos días diré que tampoco tengo vocación para hacer planes.

lunes, 7 de enero de 2008

La princesa en peligro...


... y los príncipes traicioneros
¿Quién no se ha detenido, aunque sea por un segundo, a mirar su tiernísimo rostro y pensar “qué bella es”?, ¿quién ha podido resistirse a ese torso tan perfecto que llenaba nuestros ojos a inicios del nuevo milenio?, ¿quién no ha sentido la pegada de alguna huachafa pero encantadora canción suya?, ¿quién no ha detenido su habitual ‘sapping’, aunque sea una vez, para verla, tan bella, haciendo lujo de su playback, en algún concierto, moviéndose tan sensualmente como una princesa del pop podría hacerlo?, por último, ¿quién no la ha visto en alguna foto por Internet y pensar “por Dios, qué rica está”?

Darle la espalda a Britney Spears, ahora, significa una flagrante traición que debería de ser castigada como si se tratase de una traición a la patria. Una traición a una ideología que nos atrapó a todos. Seamos hombres. Aceptémoslo, esa chica nos hipnotizó, nos hizo ver sus especiales 10 o 20 veces seguidas, nos hizo repetir “from the bottom of my broken heart” tantas veces como quiso. Nos hizo alucinar con sus videos playeros, y con su “i'm a slave for you”, con gemidos incluidos. Nos llevó a dimensiones a las que ni la misma Madonna pudo. Hizo de nosotros lo que quiso, engatusando no sólo a los hombres mañosones, sino también a los chicos pequeños de la casa, a las niñas soñadoras, las que piden muñecas para navidad, y a los niños que piden transformers y exigen diversas consolas de videojuegos cada cumpleaños. Esa capacidad para meter a todos en una misma jaula, haciéndonos esclavos de su no muy agraciada voz, pero de su arrollador carisma, es lo que hizo de Britney la artista más exitosa de los últimos 50 años. Y que me perdonen otras figuras pop que quizás ostenten más talento, pero esta chica nos esclavizó a pura sonrisa y marketing, y eso, señores, no es tan fácil como muchos creen.

Aquella hermosa chica que nos hizo pensar en mariposas y en camas mojadas a la vez, ahora está pasando por un momento complicadísimo. Se enredó con tipos indeseables, no la culpo, conozco a muchas chicas que, teniendo la belleza e inteligencia necesarios para elegir un buen compañero, eligen lo peor que se puedan imaginar. Si eso le pasa a la chica de mi esquina, ¿por qué no podría pasarle a ella? Luego tuvo hijos. Sí, no era el momento, quizás. Además deformó su otrora perfecto cuerpo, y perdió a muchos fans condicionales que sólo la adoraban por su perfección física. Quedaron dos, los fieles subjetivos, es decir, los fans totalmente incondicionales que la amarían haga lo que haga, y los fans objetivos, como yo, que reconocían sus esfuerzos y problemas, y que además miran su vida como un interesante libro del cual podrían sacar más de una enseñanza. Y vaya que hay muchas cosas que aprender de todo esto. Pero al margen de las enseñanzas hay algo que me llena el corazón de rabia, de pica: es el hecho de saber que muchos ahora se lavan las manos, y se unen al resto de críticos traidores, esos que alguna vez la adularon como a una diosa y que ahora le dan con palo y fierro. Aquellos personajes que, con dedos fiscalizadores, creen ser ahora los héroes de la sociedad, y que no admiten haber caído en los encantos de Britney, son la razón de mi molestia, de mi actual dolor de hígado y que para mí deberían de ser castigados como los traidores que son. Lástima que no haya una entidad que regule la lealtad a los artistas. En fin.

Cuando el año pasado vi a Spears con un peinado tipo Sigourney Weaber en Alien III, me di cuenta de que definitivamente algo andaba mal. De que sus salidas con Paris Hilton no eran pura coincidencia. De que sus encontrones con Lindsay Lohan eran su válvula de escape. Y que, lamentablemente, le daba a muchos hombres el lujo de tocarla y tenerla sin valorar una sola célula de su ser, aquel ser que ella desconoce y que cree dominar. La terrible e intempestiva conducta de Brit sólo denotó los problemas que la abundan, más allá de la vida maravillosa que mostraba en cámaras, donde siempre su sonrisa nos decía que ‘todo está bien’, cuando en realidad el abismo estaba en sus narices. La crisis de la princesa del pop se agudizó con la decisión del juzgado que se encargaba del tema de la custodia de sus hijos, al darle esa prerrogativa a su ex esposo (hijo de puta, ¿no?) Kevin Federline – quien enganchó con Britney en su mejor momento, tanto monetario, como artístico, y también físico; en buen criollo: se la agarró en su punto – de ahí podemos concluir el increíblemente desequilibrado estado de Britney Spears, perdiendo la facultad de criar a sus dos pequeños niños ante un pobre y triste bailarín sin mayores logros ni aspiraciones. A esto debemos sumarle su supuesta adicción a los narcóticos y el rechazo unánime de su pueblerina familia al enterarse de que su ‘pequeña’ no era menos que una 'joyita' más en la amplia farándula estadounidense.

Después de todo esto la autoestima de Britney ha quedado sepultada en las profundidades del fracaso; la presentación que hizo en los Mtv VMA 2007 fue uno de sus últimos manotazos de ahogada, siendo criticada duramente por la prensa, quien la catalogó de fofa e incapaz, nada que ver con lo que alguna vez fue, ¿se olvidan de que apenas tiene 26 años?, ¿se olvidan de su talento para agradar a 7 de 10?, no creo que estas preguntas sean difíciles de responder. Han pasado casi 8 años desde su debut como cantante pop, desde ese increíble año 1999 en el que todos nos enamoramos de su extraña combinación entre inocencia y sensualidad, mientras tomaba sugerentemente esa balón de básquet en el video de “baby, one more time”, y decidí escribir sobre ella en este primer post del año. Seguro no faltarán algunas críticas, así como fue querida, Britney también ha sido odiada, quizás por sus innegables carencias como artista, quizás por envidia, quién sabe; pero fue el tema de esta legendaria (quieran o no, nadie se olvidará de ella) estrella pop lo que más me ha llamado la atención en los últimos meses.

La vida no le ha sonreído últimamente y eso es algo por lo que todos pasamos, sin embargo debe ser por demás jodido pasarlo mientras todos están pendientes de ti; es más sencillo hacerlo en tu cuarto, alejado del mundo entero mientras muerdes la almohada o gritas descontroladamente para minimizar tus penas; Brit no puede hacer eso, debe siempre huir de paparazzis inconcientes e inclementes, llorar en sus pocos momentos a solas, y sonreír siempre para el fan que la vea por ahí, emocionado, esperanzado en que algún día vuelva a brillar como alguna vez lo hizo; sin tener la voz de Aguilera, o la experiencia de Madonna, pero reluciendo esa sonrisa única que la hizo robarse nuestra preferencia, aquella que muchos negamos haberle brindado, pero que sin lugar a dudas la tuvo. Ahora, que la mayoría de expertos afirman que está en constante peligro de tomar la fatal decisión del suicidio, debemos hacer fuerza para que levante cabeza, para que deje de pensar que todo está perdido. Este no es un mensaje del hermano Pablo, esto es real, ella merece una oportunidad, como la mereces tú, que estás leyendo, o aquella persona que conoces, quien cometió tantos errores que hasta la odiaste, pero que, al igual que tú, tiene la virtud de seguir viviendo, y como dice el gran Rubén Blades: mientras hay vida, hay esperanza.

A aquella musa que alguna vez te hizo soñar con mundos de colores, elevar tu adrenalina, darte ganas de bailar, formar una cónica protuberancia en tu pantalón, o por último humedecerlo por completo; dale esa chance que merece, y de seguro no la desaprovechará, como no desaprovechó la oportunidad que la hizo darse a conocer en cada rincón del mundo, y hacer que, ese mismo mundo, la califique como la única y genuina princesa del pop.

Fuerza.

martes, 25 de diciembre de 2007

¿La Lima de Papá Noel?


¿Realmente cumplimos con la navidad?
Nunca he escrito sobre la navidad, en realidad soy de los que piensan que la intromisión gringa le ha ganado, y por goleada, a la creencia religiosa sobre el nacimiento de Jesús y su respectiva celebración anual. Por ende trato de tomar la navidad como un simple ‘día especial’ a diferencia de mis años infantes cuando el 25 de Diciembre era la fecha con la que soñaba todas mis noches, y procuraba ser un niño de bien para conseguir algún buen regalo que entretuviera mis merecidas vacaciones de verano. Hoy en día las cosas son tan distintas que la palabra “pesimista” me quedaría chica. Coincido con el común de limeños en que la navidad tiene un toque distinto al resto de días, más allá del horrendo tráfico y la infartante demanda de chucherías típica de los capitalinos, no acostumbrados a manejar grandes cantidades de dinero. Pero la pura verdad es que ya no tengo esa sensación de alegría que me causaban las luces, el olor a pólvora y a pavo horneado. ¿Será que me estoy haciendo viejo?, podría ser, no descarto esa noble posibilidad, aunque un factor que pudo haber influido en ese desinfle de emociones hacia la navidad, es el comportamiento de la sociedad por esas fechas.

Cuando uno es niño no lo nota. Vas por la calle de la mano de tu papá o mamá, viendo otros niños jugando por doquier, en bicicletas o skateboards (ahora scooters), reventando cuetecillos, huyendo de calaveras, o luciendo una inocente chispita mariposa. Ves todo tan bello, tan fantasioso – “yo también quiero (papi) mami” – habremos dicho señalando alguno de esos artilugios detonantes, y nuestros padres, como siempre consentidores, habrán atinado a darnos esos deseados 2 o 5 soles para ir corriendo a la tienda a comprarlos. Qué tiempos. Qué navidades. Pues ahora la situación es distinta cuando se ve desde un punto de vista adulto. Los cuetecillos que tanto te fascinaban de niño, ahora te fastidian, te hacen brincar en tu sitio, los quieres apagar, a los cuetes y a los chiquillos que los encienden. La edad cambia mucho las cosas, las vivencias te hacen más intolerante, y hasta más vanidoso. Corrompes tu propia esencia, porque el niño de tu interior aún quiere salir con los otros niñitos a seguir reventando cuetes, o lanzando tronadores, pero como sabes que no puedes simplemente te la desquitas fingiendo odiarlos: sólo es envidia. Una vez que experimenté esos cambios internos, comencé a experimentar los externos al ver a la sociedad limeña ir en total contra de lo que significa la navidad. Al echar un vistazo a los grandes mercados limeños mi concepción de las sonadas letras “noche de paz, noche de amor…” comenzaban a esfumarse con suma cadencia por el aire. Caras sucias, malhumoradas, traumatizadas, irritadas e irritantes, sencillamente espantosas y repulsivas, insultos por doquier, en los autos, en las combies, en los taxis… tráficos descontrolados de todo tipo que sólo delatan la razón por la cual estamos tan cagados.

Cuando me di cuenta de todo este sub-mundo que encierra la mayor fiesta cristiana en nuestra capital simplemente me pregunté: “¿y la unión?, ¿y la paz?” – todo eso no existe. En Lima la navidad significa lucha, lucha por saber qué taxi o combie gana más pasajeros, lucha por conseguir mejores precios para los juguetes, lucha por aumentarlos y ganar más dinero, lucha por conseguir un mejor lugar de estacionamiento, lucha por cobrar cada vez más en cualquier producto o servicio ofertado, lucha por complacer hijos, hermanos, padres, amigos, enamoradas (os) o cualquier persona importante en nuestras vidas, deseosos de tener un regalo decente, mínimo inolvidable. Toda esa atmósfera llena de mala onda, llena de hedores insoportables, de tensión, es la que nos recubre en navidad. Es la realidad de una ciudad que, supuestamente, debería ser la más civilizada del país, pero que demuestra lo contrario con total facilidad ante los ojos de cualquiera que venga de afuera. El caos es lo primordial en una navidad limeña, y los niños, en sus casas mirando a todos lados, esperando la llegada de Santa mientras escuchan las agudas melodías de las tarjetas navideñas e inundándose la vista con las escandalosas luces del árbol de navidad, están absolutamente apartados de esa cruda situación. Finalmente, cuando los padres llegan a casa, la misión ha sido cumplida. El comando puede descansar tranquilamente, comer su pavo, o pollo, según ocasión, gustos o posibilidades; una satisfacción merecida después de una verdadera epopeya en la que el “criollismo” peruano fue llevado a un nivel extremo. Sino que te cuente tu papá cómo hizo para conseguir tan buen sitio en la cola de la caja, o tan buen lugar en el estacionamiento de la tienda. Cualquier niño creyente en Papá Noel podría hacerse la siguiente extraordinaria e inocua pregunta: “¿es esta la Lima que quiere Papá Noel?”

En fin. A pesar de todo lo relatado, y como lo dije anteriormente, la navidad no ha perdido (hasta hoy, aunque dudo mucho que lo pierda en el futuro) ese toque que la hace tan especial, y tan esperada. Un ente interno siempre nos provoca cierto escalofrío cada vez que estas fechas se acercan, y es que no debemos subestimar el poder de la sugestión, por más idealistas y tercos que seamos. Siempre surge algo que recordar en diciembre. Al menos en mi caso, esta es la primera navidad en la cual económicamente he podido hacer lo que usualmente hacen mis primos mayores: hacerme cargo de gastos realmente significativos en lo que a regalos y preparativos tradicionales se refiere. Eso me dio un cierto aire de independencia, aunque debo decir que aún me siento lejos de seguir esa maravillosa palabra a cabalidad, puesto que sigo viviendo con mis padres. En todo caso, me he sentido más cerca que otras veces. Sin lugar a dudas ha sido un año duro, pero con tremendas mejorías e inesperadas sorpresas que relataré conforme vayan brotando mis ideas. Por lo pronto les deseo (aunque tal vez tardíamente) a ustedes, mis pocos pero queridísimos lectores, una muy feliz navidad. Que el caos capitalino no manche su arbolito, o desarregle su nacimiento. Y que los regalos sean los que esperaban, o al menos no lo que no querían. Y si no les llegó ningún regalo tienen mi permiso para apelar al criollismo más lisuriento y soltar el “¡Qué chucha!” más poderoso que jamás hayan soltado.

No sé si este sea mi último post del año, va a depender mucho de los próximos días en los que, de hecho, tendré más de una cosa que hacer. Sin embargo, por si las moscas, les deseo también una buena fiesta de año nuevo. Aunque sanamente recomiendo que se queden en sus casas, con un buen vino al costado, viendo los mejores goles del 2007 o una buena película.

Después de un año tan incómodo, no hay mejor forma de recibir el nuevo año que estando lo más cómodo posible.